El jueves 30 de agosto del 2012, Enrique Peña Nieto recibió del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) la constancia de mayoría que lo acredita, ya de manera formal, como presidente electo para el periodo 2012-2018. El TEPJF entrega dicha constancia al no considerar que existió ninguna violación a la constitución según lo había propuesto y documentado el movimiento progresista. Aunque el debate sobre el actuar del tribunal continúa en la discusión pública, la situación presente no puede ya revertirse (al menos en términos formales) y por lo tanto, nos guste o no, Enrique Peña Nieto será el próximo presidente de México.
Se impone así la candidatura impulsada principalmente por los poderes facticos de la televisión, en especifico televisa, cuyo principal interés es el de contar con un titular del ejecutivo y cámara política a modo para generar las condiciones necesarias que les permitan mantener una situación monopólica del poder. Al final de cuentas, el poder mediático alcanzo su primer objetivo.
Como ya se había mencionado antes, el terreno ya se estaba preparando para la inminente llegada del copetudo presidente: La compra de un avión de 750 millones de dólares y la “expropiación” de la banda 2.5 a MVS son señales claras de que Felipe Calderón intenta, por un lado, consentir al nuevo presidente para que mantenga una transición presidencial discreta y sin escándalos y por el otro, reducir el costo político para EPN al momento de conceder dicha banda a televisa (imagínense la que se arma si fuera EPN quien expropiara la banda). En un nuevo intento por ablandar el terreno futuro de EPN, Felipe Calderón impulsa, como ultimo acto de su gobierno, una nueva reforma laboral que según muchos flexibiliza las condiciones actuales del trabajador so pretexto de impulsar la inversión extranjera en México. Entendiendo que la única ventaja competitiva que tiene nuestro país sobre los demás son los bajos salarios de los trabajadores, los esfuerzos de esta reforma laboral se enfocan en consolidar y mantener esta condición en el contexto internacional.
Y por lo tanto, en México al parecer no muchos se alegran de que sea EPN vaya a ser el nuevo presidente, ni siquiera aquellos que votaron por él, por lo menos hasta ahora nadie ha salido a festejar a la calle sobre dicho triunfo. Por el contrario, las movilizaciones no se han hecho esperar y comienzan a gestarse, de forma independiente al movimiento progresista, en diversas partes del país el país lideradas por el movimiento #YoSoy132 en conjunto con otras organizaciones.
Por su parte, una vez agotadas las instancias legales y no recibir una respuesta favorable, AMLO ha optado por convocar a la desobediencia civil nacional, pues en la ley no se contempla que el perdedor de una elección tenga que, incondicionalmente, aceptar el resultado. Con gran parte del país siguiéndolo, es indiscutible que por el momento AMLO es el mayor líder nacional.
Sin embargo, la tarea que ha emprendido se antoja difícil ante un país en el cual, además de pelear con las instituciones que le dan sistemáticamente la espalda a la población, se encuentra fragmentada en diversos intereses de naturaleza diversa. En su conciencia pequeño-burguesa y solo bajo esa condición pues en lo material seguimos siendo un país marginado, gran parte de la población se opone a lo que cree puede ser una condición de inestabilidad social y económica del país.
No es para menos, la izquierda (tanto institucionalizada como “la radical”) ha fallado en grandes oportunidades a través de la historia nacional. Basta recordar e caso Michoacán, considerado bastión político de la izquierda institucionalizada y que a causa de gobiernos irresponsables del PRD han cedido el poder al partido tricolor. Mientras tanto, el problema principal de la izquierda radical es que a pesar de su discurso a favor del trabajador, no ha podido ni convencer a la señora que vende globos en la plaza (parafraseando a mi querido amigo Paco Lemus), y en tal sentido, mientras su discurso no se permee en la base social jamás podrá ganar adeptos para el cambio que tanto anhelan.
La izquierda deberá plantear una estrategia que le permita la legitimización de sus demandas más allá de lo antes pensado. Para ello, tiene que ampliar sus convicciones y entender que en el juego político se encuentran también las empresas (micro y pequeña) y demás actores políticos que necesitan ser considerados como parte importante del país. AMLO ha intentado hacerlo y por ello se ha ganado el descontento de la “izquierda radical” quienes en su cerrazón consideran que el Estado perfecto es aquel que controla todo sin preguntarse si quiera si el Estado mexicano tiene la capacidad (tecnológica, organizativa, de capital humano, etc) para manejarlas correctamente y que, desde mi perspectiva, oprime los derechos e iniciativas individuales además de ser casi imposible en un país como el nuestro, inmerso en el contexto mundial globalizado.
Los próximos años se visualizan difíciles para nuestro país. El actual presidente electo, a pesar de la mayoría ganada en el congreso gracias a la telebancada, la izquierda convenenciera denominados “los chuchos” y el inminente apoyo mediático de las televisoras, seguramente encontrara gran resistencia de la población con quienes no ha terminado de consagrarse. Es ahí el espacio de oportunidad de AMLO para continuar en el escenario político, no como un candidato que pretende llegar al poder por tercera ocasión sino como alguien que de cara al movimiento que se está gestando en contra de un gobierno que claramente responderá a intereses ajenos a los de la población.
En México, donde la historia se repite y el país camina en círculos, parece ser, solo parece, que se está gestando algo importante.
S. AM.
@sergioam17
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